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sábado, 20 de junio de 2026

"Thibaud de la Jacquière", de Charles Nodier

 

Volviendo a la literatura te propongo "Thibaud de la Jacquière", de Charles Nodier: —Hermoso caballero, ¿cómo queréis que pasemos nuestra velada? Se me ocurre una idea: ahí hay un gran espejo. Hagamos muecas como solía hacer en el castillo de Sombre. Me divertía mucho viendo que mi aya estaba hecha de forma diferente a mí; ahora quiero saber si estoy hecha de forma diferente a vos.

 La elección de Charles Nodier es fascinante. Con este fragmento de Thibaud de la Jacquière, nos situamos en la esencia misma del romanticismo francés más oscuro y fantástico, aquel que, a diferencia del idealismo alemán, se deleita en la transgresión, el humor negro y la irrupción de lo grotesco en la cotidianeidad cortesana.
Nodier es, en muchos sentidos, el puente hacia esa literatura de lo fantástico donde el espejo —tradicional símbolo de vanidad y búsqueda de identidad— se convierte aquí en el umbral del horror.
El juego de la identidad y el engaño
Lo que hace que este pasaje sea particularmente perturbador no es solo la aparición de Belcebú, sino la desarticulación de la expectativa erótica.
La mirada inquisidora: La escena comienza con un aire de juego cortesano, una especie de curiosidad casi infantil por parte de Ordaline sobre la anatomía comparada. Esa "curiosidad" es la trampa perfecta. El espejo funciona como un dispositivo de desnudamiento que no solo revela el cuerpo, sino que prepara al lector para el cambio de registro narrativo.
La caída de la máscara: El horror en Nodier es a menudo una cuestión de forma. Al pasar del "moaré de Venecia" a la "forma horrorosa y desconocida", Nodier nos recuerda la fragilidad de la apariencia humana. La belleza es apenas una capa, una convención que el demonio puede adoptar con absoluta facilidad.
El giro irónico: La revelación final es tan abrupta como necesaria. El hecho de que el demonio se identifique como Belcebú, tras haber participado en un ritual de seducción, le otorga a la escena un matiz de crueldad satírica. No estamos ante una posesión solemne, sino ante una burla hacia la vanidad de Thibaud.
La conexión con tus intereses
Resulta inevitable trazar un paralelo con esa literatura de horror clásico que sueles frecuentar. Mientras que en Ambrose Bierce el horror suele ser un choque con lo absoluto o lo inefable (la muerte, el vacío), y en Lovecraft es una náusea cósmica ante seres fuera de nuestra dimensión, en Nodier el horror tiene un componente profundamente teatral y mundano.


Ordaline colocó dos sillas delante del espejo, tras lo cual, quitó a Thibaud la gorguera y le dijo:


—Tenéis el cuello más o menos como el mío, los hombros también, pero en cuanto al pecho, ¡qué diferencia! El mío era así el año pasado, pero he engordado tanto que ya no puedo reconocerme. Quitaos el cinturón, el jubón, ¿por qué tantos cordones?


Thibaud, que ya no podía contenerse más, llevó a Ordaline a la cama de moaré de Venecia, y se creyó el más feliz de los hombres. Pero esta felicidad no duró mucho. El desgraciado Thibaud sintió unas garras agudas que se hundían en su cintura. Gritó: ¡Ordaline! Pero Ordaline ya no estaba entre sus brazos. En su lugar no encontró más que un horrible conjunto de formas horrorosas y desconocidas...


—No soy Ordaline —dijo el monstruo con voz formidable—; ¡soy Belcebú! 

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