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viernes, 21 de septiembre de 2018

La condición humana. Asesinato, canibalismo y sadomasoquismo entre los hurones y los iroqueses.


Los jesuitas que vivieron entre los iroqueses registraron sus vivencias en las Relaciones de los Jesuitas. Allí encontramos un detallado testimonio ocular de lo que sufrió un prisionero iroqués de los hurones en 1637. Lo narró el padre François Joseph le Mercier, que estaba acompañado por los padres Paul le Jeune y Charles Garnier.

La tortura comenzó por la noche, en la casa alargada del consejo, junto a la cual se encendieron 11 hogueras. Lanzando gritos de alegría, los jóvenes hurones se armaron con un trozo de corteza ardiente o un tizón. El jefe de guerra del poblado les recordó la importancia del acto, el cual era contemplado, dijo, por el Sol y el Dios de la Guerra. Después hicieron correr al prisionero alrededor de las hogueras, mientras cada hombre intentaba quemarlo cuando pasaba ante él: No había reyertas respecto a quién le torturaría quemándole: cada cual lo hacía cuando se le antojaba; por lo tanto, cada uno se tomaba el tiempo necesario para meditar alguna nueva manera de hacer sentir más agudamente el fuego a la víctima. Como le quemaban casi exclusivamente en las piernas, estas quedaron en un estado lastimoso, con la carne hecha trizas. Algunos le aplicaban teas ardientes y no las retiraban hasta que el infeliz lanzaba terribles alaridos; tan pronto como cesaba de gritar, volvían a quemarle, una y otra vez, repitiendo la operación siete u ocho veces, a menudo reavivando la brasa a fuerza de soplar, sin apartarla de la carne a la que aplicaban el tizón. Otros ataban cuerdas alrededor del cuerpo de la víctima y después les prendían fuego, quemándola así lentamente y causándole un agudísimo sufrimiento. Algunos hacíanle poner los pies sobre hachas al rojo vivo y luego apoyarse en ellas. Se podía escuchar el ruido de la carne chamuscada y ver subir el humo que desprendía su carne hasta el techo de la cabaña. Con garrotes, golpeábanlo en la cabeza y atravesábanle las orejas con pequeñas astillas; luego rompieron el resto de sus dedos y avivaron el fuego alrededor de sus pies. Además de quemarlo, algunos miembros de la multitud le rompían huesos de las manos, le perforaban las orejas con astillas que dejaban clavadas en ellas y le ataban las muñecas con cuerdas que apretaban brutalmente y de cuyos cabos tiraban con todas sus fuerzas. Cuando el iroqués caía sobre las llamas, se le aplicaba a la espalda un tizón ardiente, y otros hubieran procedido a avivar el fuego para quemarlo si el jefe de guerra no hubiese intervenido, ordenando que la tortura cesara para que viviera hasta el amanecer. Después se reanimó al cautivo haciéndole beber agua. Cuando volvió en sí, se le ordenó cantar. Al principio lo hizo con un hilo de voz; después con una voz tan fuerte que se le podía oír desde fuera de la casa. Continuaron torturándolo toda la noche, con descansos para reanimar y alimentar al prisionero. Los jesuitas se sorprendieron mucho por el hecho de que en los rostros de los hurones no había ira ni furia, sino lo que parecía ser gentileza y humanidad. Sus palabras «expresaban tan solo buen humor o pruebas de amistad y buena voluntad». Igualmente, el iroqués soportó la tortura con paciencia, y no escapó de sus labios ni una sola palabra ofensiva hacia sus verdugos. Al amanecer se encendieron hogueras fuera del poblado para exhibir el «exceso de crueldad a la vista del Sol» y se hizo subir al cautivo a una plataforma de unos dos metros de altura, acompañado de cuatro de sus torturadores. Allí lo ataron a un árbol que pasaba a través de un espacio abierto del tablado, pero de tal modo que quedaba libre para moverse en cualquier dirección: Allí empezaron a quemarlo más cruelmente que nunca, no dejando parte alguna de su cuerpo a la que no se aplicara fuego en uno u otro momento. Cuando uno de esos carniceros empezó a quemarlo y a acosarlo estrechamente, el cautivo, intentando escapar de él, cayó en manos de otro que no le ofreció mejor acogida. De vez en cuando les suministraban tizones nuevos que le introducían, ardiendo, por la garganta, apretándolos incluso hasta sus entrañas. Le quemaron los ojos; le aplicaron hachas candentes a la espalda; colgaron algunas alrededor de su cuello, tirándoselo ahora hacia su espalda, ahora hacia su pecho, según la posición que adoptaba al intentar evitar el peso de su carga. Si intentaba sentarse o acuclillarse, alguien introducía un tizón ardiente por debajo del cadalso, lo cual pronto le hacía levantarse… Le acosaron de tal modo de todos lados que finalmente le dejaron sin aliento; vertieron agua en su boca para fortalecer su ánimo, y los capitanes le permitieron tomar un breve respiro. Pero permaneció en silencio, con la boca abierta, casi inmóvil. Entonces, por temor a que muriese de otro modo que mediante el cuchillo, uno cortó un pie, otro una mano, y casi al mismo tiempo un tercero lo decapitó, arrojando su cabeza entre la muchedumbre, donde alguien la tomó para llevarla al capitán Ondessone, para quien había sido reservada, para que se regalase con ella. En cuanto al tronco, este permaneció en Arontaen, donde tuvo lugar un banquete el mismo día. Encomendamos su alma a Dios y regresamos a casa a decir misa. Por el camino encontramos un salvaje que llevaba en un pincho una mano a medio asar de la víctima.

(En Manuel Moros Peña, Historia natural del canibalismo, 2008)


Ver también A Place Under Heaven: Amerindian Torture and Cultural Violence in Colonial New France, 1609-1729, Part V: The Torture of Saunadanoncoua