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jueves, 20 de octubre de 2016

Marc Angenot “El siglo de las religiones seculares: esbozo de historia conceptual” X


http://marcangenot.com/.../Le_siecle_des_religions_politiques.pdf

Creencia total y desencanto final

A la idea de religión perenne que sostiene Debray se opone frontalmente en Francia Marcel Gauchet, que ve en la disolución de las religiones seculares la etapa última e irreversible del desencanto de Occidente. Los modernos han pensado las evoluciones y las tendencias, más o menos estimadas o deseadas, de la historia (del mundo o de su nación o civilización) en términos religiosos reciclados de la Providencia, la salvación, el fin de los tiempos y el juicio final, la separación de los elegidos y los condenados. La “monstruosa invasión del hombre por la historia”, que se gesta en el siglo XIX y caracteriza al siglo XX59, se explica por esta transposición incompleta y negada, por el reciclado de lo teológico transmutado en orgullo hiper-racionalista enfrentado al incierto devenir y a lo desconocido. Las religiones políticas, constata Gauchet, se expandieron por Europa en los años 1880, cuando se acentuaba el “abandono” de la religión cristiana. Esta concomitancia no es fruto del azar. La Era de las ideologías viene a continuación del retroceso decisivo de las religiones reveladas y de sus iglesias y surge con ese retroceso como una era de transición, cuya última página ha pasado definitivamente a partir de este momento. En este sentido el ascenso, el dominio y la caída de las religiones seculares contribuyen, en la historia filosófica de occidente que desarrolla Gauchet, a una confirmación de la cronología de conjunto. Fue necesario que primero se produjera la separación de las religiones reveladas y de las instituciones políticas para que la sacralización de un proyecto político pudiera ser concebida. La desbandada final de la idea comunista, acelerada por la disolución en forma de sálvese quien pueda de los regímenes surgidos de la Revolución de Octubre, es concomitante de la disolución de las religiosidades políticas en una sobriedad escéptica recuperada, contemporánea del final de los Grandes relatos de la historia, es decir, de la idea de una historia de los hombres sometida a “leyes” bienhechoras y, de ese modo, del final de esa “idea del progreso” que se remonta à Turgot y Condorcet, de la desaparición, en el horizonte del inmediato porvenir, de las representaciones de una lucha final entre los justos y los réprobos y de una reconciliación de los hombres, de un salto dichoso al “Reino de la libertad”. En efecto, no es solamente la fe bolchevique la que ha recibido hace veinte años un desmentido definitivo; lo que ha perdido toda credibilidad es el conjunto más vasto, epistemológico, civilizacional, de los programas de sacralización de la historia que prometen un éschatos secular y una sociedad futura “libre de mal”. Marcel Gauchet dice que “es el hundimiento de la verosimilitud, más que los desmentidos infligidos a la creencia por la realidad, lo que ha causado la muerte del comunismo”. Las convicciones políticas totales de antaño “han naufragado a causa de haber sido heridas en su principio mismo. (…) Se nos ha vuelto imposible concebir el devenir en función de un final recapitulador y conciliador.”60 Las “religiones seculares” (Gauchet endosa esta noción y la une a otros dos “tipos ideales” indisociables, totalitarismo e ideocracia) extraían su “plausibilidad de una imagen de unión de la colectividad consigo misma procedente de la era de los dioses.”61 Desde “mediados de los años 1970” hemos asistido a la «volatilización de esta atracción hipnótica del Uno. El Uno ha cesado brutalmente de ser un problema, una nostalgia, una aspiración.»62 Se acabaron los grandes entusiasmos y las comuniones de masas. Se impone una fórmula bazaciana para nuestra “modernidad tardía”: las Ilusiones perdidas.

Notas

59 Philippe Ariès, Le temps de l’histoire. Paris: Seuil, 1986, 71.

60 M. Gauchet, La religion dans la démocratie. Parcours de la laïcité. Paris: Gallimard, 1998, 28.

61 Gauchet, La Révolution moderne, 23.


62 Ibid., 153.

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