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martes, 18 de octubre de 2016

Marc Angenot “El siglo de las religiones seculares: esbozo de historia conceptual” VII


http://marcangenot.com/.../Le_siecle_des_religions_politiques.pdf

Los sociólogos de la “Belle époque”

En la naciente sociología, atenta a legitimarse dando razón de los nuevos fenómenos de la era de las masas, la tesis del socialismo como moderna religión que llegaba a sustituir a las viejas creencias, fue unánime en el cambio de siglo —aunque los análisis de unos y otros son considerablemente diferentes en el detalle. Hacia 1900 y mientras que la Internacional progresa continuamente en Europa, la ecuación socialismo = religión concita la unanimidad de los sociólogos alemanes y franceses. Permite ironías polémicas dirigidas contra sistemas que se pretenden ateos y anticlericales: «El socialismo es una religión. Eso es lo que le proporciona su grandeza y su poder de atraer a las masas. Es también su debilidad. (…) La religión socialista, como las demás, tiene su paraíso, que podemos describir con exactitud a partir de la fe de los que sueñan en él», escribe Henri Monnier. «Estamos de acuerdo, propone por su parte el filósofo Alfred Fouillée, en Le socialisme et la sociologie réformiste (Alcan, 1909), en que el socialismo actual en lugar de ser una 'ciencia' es una 'religión' y tiene sus elementos de verdad, en parte afortunados y en parte desdichados». Hábil maniobra de descalificación, los adversarios “burgueses” del socialismo lo deslegitiman mostrando una especie de amplitud de miras de la que extraen ventajas: impostura en tanto que “ciencia”, el socialismo podía ser apreciado o al menos comprendido como una poderosa creencia colectiva y su éxito, se especulaba, permitía comprender el éxito del cristianismo en otras épocas. Vilfredo Pareto consagra también en el cambio de siglo dos gruesos volúmenes a denunciar las irracionalidades, los “dogmas” indemostrables y los sofismas que detectaba en los diversos Systèmes socialistes (Giard & Brière, 1902-1903). Formula la presuposición que terminó por imponerse en esa época: si el socialismo reemplaza a la creencia religiosa, eso no lo reduce a no ser más que una impostura cripto-clerical  superada: una forma de religión sigue siendo indispensable a las sociedades, hoy tanto como en los tiempos pasados. El socialismo, como nueva religión parcialmente secularizada llega entonces, de alguna manera con razón o al menos inevitablemente, a sustituir a las revelaciones obsoletas y a las leyes dadas por Dios a los guías del pueblo en el Sinaí. El sociólogo que constata esta permanente función transhistórica, va a establecer un paralelo entre los antiguos panteones y las modernas ideologías y a legitimar altaneramente las ideologías-religiones como imposturas útiles. «La religión», concluía Pareto, «es muy ciertamente el cemento indispensable de toda sociedad. Poco importa por lo demás que los sacrificios se hagan a deidades como Juppiter Optimus Maximus o que se reemplace a tales dioses por abstracciones tales como la "Humanidad" o el "Progreso socialista"».43 Gustave Le Bon, el “psicólogo de las masas”, para quien la eterna credulidad de estas era un artículo de fe cientificista, escribía por su parte: «Los viejos credos religiosos que mantenían en otro tiempo a la multitud bajo servidumbre son reemplazados por credos socialistas  o anarquistas tan imperiosos e igualmente tan irracionales, pero que no dominan menos las almas».44 Los socialistas que reniegan de los dogmas y desprecian los ritos cristianos creyéndose a mil leguas de ellos no son por ello espíritus menos fundamentalmente religiosos a los ojos del famoso “psicólogo”. No fue ya simplemente en nombre de la Revelación apostatada, sino en el de la racionalidad científica ultrajada, que los modernos universitarios rechazaron las nuevas creencias irracionales, el sometimiento crédulo de las multitudes. El primer sociólogo de los partidos políticos, analista del “culto” a los jefes socialistas, Robert (Roberto) Michels, en su clásica obra de principios del siglo XX sobre la dinámica oligárquica de los movimientos democráticos, Zur Soziologie der Parteiwesens (tardíamente traducida con el título Les Partis politiques, Flammarion, 1971) llama la atención sobre el fenómeno, procedente a su juicio de la misma democracia de masas, del “culto a la personalidad” en los partidos de extrema izquierda, citando como ejemplo clave «la idolatría de la que es objeto en el Norte la persona del profeta marxista Jules Guesde [fundador del Partido Obrero francés]».45 Estos sociólogos recogían, inconscientemente, la que era desde siempre la tesis de los católicos frente al socialismo, muy pronto identificado por ellos como una religión que competía con la suya, y transponían o adaptaban los presupuestos católicos: el hombre no puede vivir sin religión, sobre las ruinas de las religiones reveladas nacen pues las religiones políticas. Por la misma época Dom Martial Besse, monje de vanguardia y analista de las religiones laicas, convertía la idea en su axioma  y haciéndolo transmitía, modernizándola gracias al contacto con la sociología, la larga tradición polémica de las gentes de la iglesia contra las ideas del siglo: «No es posible suprimir radicalmente el instinto religioso en el hombre. Reprimido por un lado, resurge por otro.»46

Notas

43 V. Pareto, Systèmes socialistes: cours professé à l'université de Lausane. Paris: V. Giard & E. Brière, 1902-1903, vol. I, 302.

44 Henri Monnier, Le paradis socialiste et le ciel, 1907, 5-6 et Gustave Le Bon, Les opinions et les croyances, Flammarion, 1911, 8. Ou encore chez Paul Leroy-Beaulieu, dans La question ouvrière au XIXe siècle. 2e éd. rev., Paris: Charpentier, 1881, 16 [1ère éd.: 1872]: «...ce caractère pour ainsi dire religieux des croyances socialistes».

45 R. Michels, Les Partis politiques. Paris: Flammarion, 1971, 61.


46 Dom Besse, Les religions laïques, un romantisme religieux, Paris: Nouvelle Librairie nationale, 1913, 2.

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